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El Kanka: «He podido realmente descansar de una cosa que me gusta mucho hacer, pero de la que ha habido mucho exceso en los últimos años» [Entrevista + Galería]

En las oficinas de Altafonte se encuentran un buen número de discos de oro y platino que los músicos más conocidos de este mundillo han atesorado a lo largo de los últimos años. Los ojos se van a todos ellos, en especial a los tres de El Kanka, ese artista que soñaba con subirse a los escenarios junto a su guitarra. No solo es que no lo haya conseguido, sino que ha logrado una cantidad de seguidores superlativa. Al alcance de muy pocos. Entre entrevista y entrevista, el malagueño nos recibe en el camerino minutos antes de ofrecer un showcase exclusivo en el que tocará un puñado de canciones de su último trabajo: ‘Cosas de los vivientes’, lanzado el pasado viernes. A pesar de llevar unos días frenéticos, nos recibe con una sonrisa perenne dibujada en su cara. Se le ve feliz. “¿Queréis una cervecita, lo que sea?”. Mostrando el agradecimiento, la grabadora comienza a hacer su trabajo.

¿Sabrías decirme cuántas entrevistas llevas desde que empezaste la promo?

Hoy he hecho solamente una. Vosotros sois los segundos. Pero ayer sí que estuve desde las once de la mañana hasta las diez de la noche haciendo cositas. Ayer fue intenso.

¿Qué resulta más agotador: estar de gira o las promociones y entrevistas previas antes de coger la furgoneta y recorrer kilómetros?

Todo es muy cansado, la verdad. ¿Sabes lo que ocurre? Que, para mí, lo importante no me resulta cansado. Yo no tengo problemas en hacer entrevistas, a mí me gusta charlar. Tengo palique y me enrollo sin problema. Y con los conciertos me pasa igual: a mí me gusta subirme al escenario y dar un buen espectáculo. Me encanta cantar, lo hago con gusto. Lo que me quema es el exceso, digamos. Mi récord son 16 entrevistas en un día. Ocurrió en México. Te puedo asegurar que a la entrevista número 13 o 14 ya estaba un poco harto. Y con los conciertos, pues lo mismo: si son poquitos, los disfruto un montón. Pero si hay mucha distancia entre ellos o si son muchos seguidos, ya empieza a pesar. Yo si tengo una entrevista un día, yo la disfruto.

Acto seguido de terminar una intensísima gira, anunciaste que necesitabas un tiempo de inactividad. ¿La carretera y los conciertos llevan al límite al músico? ¿De qué manera?

Por supuesto. Salvando las diferencias, pero pasa un poco como con todo. Todas las profesiones llevan una parte que es un coñazo. Mi padre siempre decía que todos los trabajos son una mierda, que la prueba era que te pagaban por hacerlo. Me parece que tenía mucha razón. Mi profesión es muy bonita. Hay unas partes que son preciosas, como la composición, los conciertos, la comunicación con el público… Y luego hay otras partes que son más feas: habrá a quien le guste estar todo el día en la carretera, todo el día viajando y viendo sitios. Pero no es mi caso. Me gusta viajar como a cualquiera, pero echo de menos estar en mi casa y ver a mi familia. Yo sí que he penado por mi oficio muchas veces cuando te tiras un mes en Latinoamérica, por ejemplo. Está muy guay todo, conozco a mucha gente, el público es amabilísimo, pero estás un mes fuera de tu casa y quieres volver.

No solo eso, sino que luego también tienes un concierto en el que tienes que ofrecer lo mejor de ti mismo. No solo es turismo y conocer sitios nuevos.

Hay una exigencia, claro. Y luego una cosa que nos pasa a los músicos: que tenemos muchas horas de espera. Me parece que le preguntaban en un documental a un miembro de los Rolling, no sé si era Keith Richards, a qué se dedicaban y cómo definirían su trabajo. Y uno de ellos decía: ESPERAR [risas]. Esperar todo el rato. Y es verdad. Una jornada mía de curro para un bolo es: me monto a las diez en la furgo, pongamos, llego al sitio, me entretengo leyendo o jugando a la Nintendo, como, descanso un poco, me pego una ducha y hago la prueba de sonido. Hago las pruebas y espero a que llegue el concierto. Estoy ahí metido, sin salir, porque la gente me ve, y cuando termino el bolo, me quedo esperando en el camerino a que se vaya todo el mundo, me voy al hotel, donde no me puedo dormir porque estoy a tope de adrenalina, me pongo a ver una serie que me relaje, me acuesto, me levanto, y al día siguiente la misma historia. Y, al final, yo me he pegado un día entero fuera para una hora y media de concierto. Esa es nuestra vida. Y te puedo asegurar que te desesperas. Como ayer: faltaba una hora para el showcase y yo ya había terminado todo lo que tenía que hacer. Me acuerdo de estar con Javi, mi técnico de sonido de siempre, y lo que me dijo: “Cuando estoy currando de puta madre. Pero estos momentos de espera…”.

¿Hubo algún momento en el que te arrepentiste de la decisión de parar? ¿O, a día de hoy, me podrías decir que hubieras continuado un poquito más?

He parado porque había que parar.

¿Cuánto llevabas de gira continua?

De gira gorda casi diez años sin parar. De 80 o 90 bolos al año, cuatro discos, un EP… Mucha tralla. Yo creo que era necesario. También te digo que me ha resultado un poco decepcionante todo el tiempo de descanso. Yo pensaba que iba a ser de puta madre, rollo: “No tengo nada que hacer, voy a hacer lo que yo quiera…” A los dos meses estaba harto ya. He quemado Netflix, he visto ‘Friends’ entera… Al principio me acostumbré, pero al principio dije: “¿Qué voy a hacer yo diez meses así?».

Porque estamos hablando de música, pero es normal. Toda persona necesita descanso, pero también cosas que hacer.

Totalmente, es humano. En general me ha venido muy bien el hecho de parar para ver que tampoco es para tanto y, sobre todo, para recuperar otra vez las ganas. No es que las haya perdido del todo, pero he estado muchas veces que me montaba en la furgo y pensando: “Dios santo, otra vez…”. Y antes de subirme al escenario igual. Y ahora, el pensar que tengo el primer concierto el 3 de marzo en Murcia y que estoy frito porque sea ya, que ojalá sea mañana, pues es muy bonito. Por muchas cosas, pero principalmente porque es un repertorio nuevo. El hecho de introducir 12 temas nuevos y dar la vuelta un poco a todo era necesario. También cómo reacciona la gente a las nuevas canciones, si se las sabe de memoria… Tengo muchas ganas de eso y porque he podido realmente descansar de una cosa que me gusta mucho hacer, sí, pero de la que ha habido mucho exceso en los últimos años.

¿Son los escenarios adictivos?

Absolutamente. No sé si los escenarios, pero el reconocimiento del público sí, sin duda. Nosotros, los seres humanos, somos sociales. No sé tú, pero yo tiendo a que me chupe un huevo lo que la gente piense de mí. Lo máximo posible. Lo que quiero es ser fiel a mí mismo y no estar todo el rato pendiente de lo que esperen los demás de mí. Pero, a pesar a eso, es innegable que somos la especie social por definición. Cuando me encuentro a gente por la calle, el discurso es más bien: “Hostia Kanka, qué guay, qué canciones tan bonitas estás sacando, tus canciones me levantan el ánimo…”. Y eso es super bonito. En mi caso, el de un cantautor independiente que hace sus canciones en su casa, que luego las canten miles de personas y que cada cual tenga su historia con ese tema es muy gratificante.

¿Sueles leer comentarios, posts, lo que sea, de lo que dicen de ti en las redes sociales?

Tengo épocas. Pero sí, claro. No me gusta desatenderme de las redes, aunque no me gusta tampoco ser esclavo de ellas. Yo tengo mi equipo, y a pesar de que alguna vez no le dé al botón de publicar, sí que hago los textos, veo el feedback, los comentarios… Me meto todos los días.

Vayamos con el primer adelantamiento de tu nuevo disco: ‘Autorretrato’. Una canción en la que te vas definiendo con cada palabra contada. ¿Escribir canciones sirve como terapia? ¿El cuaderno ayuda a espantar, aunque sea por un momento, los fantasmas cotidianos?

Pienso que expresarse en general es terapéutico, ya de por sí. Escribiendo, hablando… Como sea. Es terapéutico que quedes con un colega y le cuentes tus cosas de verdad. Para mí, ponerlo en palabras, hace que lo puedas manejar. Si no lo pones en palabras, se queda en un punto oculto y es ahí cuando uno puede ser esclavo de eso, que no lo identifique y no lo haga plausible. Creo que la gente que hacemos cosas creativas tenemos ahí un plus de que al final nos estamos expresando. Hay algo catártico ahí, por supuesto. Y, aparte de escribir, yo hago terapia. Porque estoy en extremo loco [risas].

Te lo habrán dicho ya muchas veces, pero creo que es necesario repetirlo: los avances son necesarios. Que tú me digas que vas a terapia, o que yo te diga lo mismo, ahora es normal, pero no siempre ha sido así. De hecho, hasta hace nada era un tabú muy grande…

Menos mal que ahora es lo más normal del mundo, como has dicho. Cuando yo lo empecé a decir, también porque soy una figura pública, me acuerdo de que me decían los periodistas: “Eso no se suele decir”. Ahora ya lo dice muchísima gente, y eso me alegra un montón, sinceramente. Hace diez años, que yo lo dijera, hacía que mi propio padre, que era un tipo super inteligente, lo vio como una locura. Manda cojones que se vea de puta madre hacer ejercicio, por ejemplo, y que no se vea guay ir al psicólogo e intentar estar un poquito mejor.

Han pasado diez años desde que lanzaste ‘Lo mal que estoy y lo poco que me quejo’. ¿Qué has aprendido de este oficio durante todo este tiempo? ¿Cambiarías la decisión tomada en su momento de entregar tu alma a la música?

Empiezo por la segunda. No me arrepiento para nada. He tenido muy pocos momentos, quizás uno o dos, de que se me cruzara por la cabeza decir: “¿Me habré equivocado?”. Pero en quince años ha habido solo dos días en los que haya pensado eso. Te diría que al contrario, que cuando me pongo a pensarlo, lo que me sale es el sentimiento de que he acertado plenamente. Por muchos motivos, el principal es porque de verdad creo que se me da bien. Que tengo cualidades que hacen que, con mucho curro, tenga una cierta facilidad para hacer lo que hago y que lo haga “sin esfuerzo”. No solo el tema de las canciones, sino que también me gusta estar en el escenario. Es un trabajo que, para mi forma de ser, es bastante amable. Y podría no haberme dado cuenta, porque yo descubrí la guitarra bastante tarde. Pero, por fortuna, no es que solo no me diera cuenta, sino que sin comerlo ni beberlo, me he acabado dedicando a esto. Y a la primera pregunta, que esto también es un trabajo.

Y eso la gente no lo ve…

E incluso la gente que está dentro de este mundo no lo ve. Hay una concepción demasiado romántica. Y es que, además, sería tremendamente injusto. La gente va a trabajar porque le pagan, como te decía, y es un esfuerzo para ellos el ir al trabajo. Para mí también. Hay muchas cosas relacionadas con el oficio de músico que las haría gratis y hay otras que las hago porque me pagan, porque es mi trabajo. Y otra cosa que he aprendido: que, si haces lo que quieras, te puede salir guay.

Eso es aplicable a muchas cosas en la vida.

Sí señor, aplicable a la vida [risas].

El viernes 20 de enero sale tu disco. Si eres fan de la Oreja de Van Gogh y de El Kanka vas a estar muy contento…

Buena esa, buena esa… [risas].

¿Vas a hacer algo especial? ¿Quizás echarle una cucharadita más de azúcar al café?

Estoy de promo, ojalá pudiera… Esta noche estaré pendiente de lo que la gente dice y me voy a Murcia, que tengo una firma de discos y una tocata.

Texto: @marioodjm

Reportaje fotográfico: @espe_dm


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