Hay festivales que se leen como una hoja de Excel: nombres grandes arriba, letras pequeñas abajo, escenarios, horarios, precios y una promesa más o menos parecida a la del año anterior. Y luego está Sonorama Ribera, que juega en otra liga sentimental. Porque lo suyo nunca ha sido únicamente juntar artistas en un recinto, sino convertir durante unos días a Aranda de Duero en una especie de patria temporal para quienes entienden la música como algo más que ruido de fondo.
Del 5 al 9 de agosto de 2026, Sonorama Ribera celebrará su 29ª edición. Casi tres décadas de historia dan para muchas cosas: para mitificar conciertos, para exagerar anécdotas, para volver con los mismos amigos de siempre o para descubrir que ya no somos exactamente los mismos que cantaban aquellas canciones hace diez veranos. Pero esa es, precisamente, una de las grandes virtudes del festival: Sonorama cambia contigo. No se queda congelado en una postal indie de otra época, pero tampoco reniega de lo que fue. Avanza sin borrar sus huellas.
La edición de 2026 llega, además, con un movimiento poco habitual en su historia: el festival ha decidido enseñar casi todas sus cartas desde el principio. Más de 150 bandas y artistas anunciados de una sola vez, incluyendo tanto los escenarios del recinto principal como los espacios urbanos, con la Plaza del Trigo otra vez como tótem emocional. Es como si Sonorama hubiese dicho: “Aquí está el verano entero. Ahora haced con él lo que podáis”. Aunque, fiel a su manera de entender el juego, todavía se reserva alguna sorpresa. Porque en Aranda siempre conviene dejar una puerta entreabierta.
El cartel vuelve a funcionar como una conversación entre generaciones. Por un lado, están esos nombres que ya forman parte del cancionero sentimental de varias hornadas de público: Leiva, Love of Lesbian, Iván Ferreiro, Xoel López o La M.O.D.A. Artistas que no llegan solo con canciones, sino con biografías pegadas a ellas. Uno no escucha a Leiva igual que consulta una playlist; uno se reencuentra con ciertas versiones de sí mismo. Love of Lesbian no son solo estribillos: son noches largas, frases subrayadas y esa épica de lo cotidiano que tantas veces ha encajado con el espíritu de Sonorama. Iván Ferreiro pertenece a esa clase de artistas que parecen cantar desde una habitación con la luz medio apagada, aunque tenga delante a miles de personas. Y La M.O.D.A., directamente, juega en casa incluso cuando no está en casa. En Aranda, su música no se interpreta: se comparte.
Pero si Sonorama solo fuese nostalgia, sería un museo con barra de bar. Y no lo es. El festival vuelve a demostrar que su fuerza está también en mirar hacia delante, en aceptar que la música popular española ya no cabe en una sola etiqueta, ni en una sola generación, ni en una sola forma de cantar. Por eso junto a los grandes nombres aparecen Guitarricadelafuente, Rigoberta Bandini, Belén Aguilera, Valeria Castro, Los Vinagres, Ojete Calor, Funambulista o Crystal Fighters. Cada uno desde un lugar distinto: la raíz, la ironía, el pop emocional, la celebración, el baile, la rareza o esa manera de hacer de una canción un refugio o una verbena.
Ahí está quizá una de las claves del festival: Sonorama no intenta ordenar la música como si fuera una estantería perfecta. La mezcla. La deja respirar. La pone a convivir. Y en esa convivencia está buena parte de su encanto. Puede pasar de la intensidad íntima de Valeria Castro al desparrame de Ojete Calor, de la elegancia melódica de Xoel López al nervio volcánico de Los Vinagres, del pop de autor a la fiesta absurda, del estribillo para abrazarse al tema que uno canta con una copa en la mano y la dignidad un poco perdida. Como los buenos veranos, Sonorama no siempre tiene sentido sobre el papel. Lo tiene cuando estás dentro.
La parte emergente del cartel confirma esa vocación de radar. Niña Polaca, Rusowsky, Vera Fauna, Colectivo da Silva, Marlena, PabloPablo, Ángela González, Oslo Ovnies, Candela Gómez, Tiburona, Maruja Limón, Sofía Gabanna, Samuraï o Chiquita Movida representan esa escena que no pide permiso para entrar, porque ya está dentro. Son nombres que hablan de una música más líquida, menos obediente, menos preocupada por encajar en una etiqueta de tienda de discos. Algunos llegan desde el pop alternativo, otros desde el mestizaje, otros desde el urban, otros desde la canción de autor deformada por el presente. Pero todos comparten algo: la sensación de estar escribiendo una parte del ahora.
Y eso es importante. Porque un festival que solo mira hacia los artistas consagrados corre el riesgo de convertirse en una reunión de antiguos alumnos. Y uno que solo mira hacia la novedad puede acabar pareciendo una aplicación de tendencias. Sonorama, en sus mejores ediciones, ha sabido quedarse en medio: entre la memoria y el descubrimiento, entre la canción que ya sabes y la que todavía no sabes que vas a necesitar.
También hay guitarras, músculo y carretera. Él Mató a un Policía Motorizado, Karavana, Sexy Zebras, Ortiga o Las Migas aportan distintas formas de entender el directo: desde la liturgia eléctrica hasta la fiesta popular, desde la banda que muerde hasta la que convierte el escenario en un lugar de encuentro. A su lado, nombres como Dollar Selmouni, RVFV, LaBlackie o Lapili abren el abanico hacia sonidos urbanos y lenguajes que hace años quizá habrían parecido ajenos a un festival de esta naturaleza, pero que hoy resultan imprescindibles para entender cómo escucha música una generación entera.
Porque esa es otra batalla ganada por Sonorama: no se ha quedado defendiendo una pureza que ya no existe. La escena actual es mestiza, contradictoria, acelerada, a ratos brillante y a ratos desconcertante. Y el festival parece asumirlo con naturalidad. Donde otros levantan fronteras entre géneros, Sonorama pone escenarios. Donde otros preguntan si esto encaja o no encaja, Aranda responde con público delante.
Pero reducir Sonorama Ribera a su cartel sería como hablar de una ciudad hablando solo de sus edificios. La experiencia está también fuera del escenario. Está en las calles de Aranda tomadas por gente que camina sin prisa, en los conciertos matinales, en la gastronomía local, en ese vino que aparece como parte del paisaje y no como simple patrocinio, en las conversaciones que se alargan más de la cuenta, en la resaca dulce de quien sabe que todavía queda otro concierto, otra plaza, otra sorpresa.
La Plaza del Trigo merece capítulo aparte. Hay escenarios que son grandes por tamaño y otros que lo son por lo que han significado. La Plaza del Trigo pertenece a los segundos. No necesita pantallas gigantes para ser mítica. Le basta con esa electricidad rara que se genera cuando un concierto deja de ser programación y se convierte en acontecimiento. Allí, muchas bandas han vivido ese tipo de instante que no se puede fabricar desde un despacho: el momento exacto en el que el público decide que una canción ya es suya.
Sonorama tiene mucho de eso. De apropiación emocional. De canciones que llegaron firmadas por otros y terminaron formando parte de la memoria íntima de miles de personas. De conciertos que uno cuenta después exagerando un poco, porque la emoción también tiene derecho a retocar los recuerdos. De amigos que se pierden y reaparecen. De grupos que no ibas a ver y acaban siendo lo mejor del día. De artistas a los que llegas por curiosidad y de los que sales con una frase clavada.
En tiempos en los que muchos festivales parecen competir por ver quién tiene el cartel más grande, Sonorama sigue defendiendo otra cosa: el contexto. La sensación de pertenecer durante unos días a un lugar concreto. No es lo mismo escuchar una canción en cualquier explanada que escucharla en Aranda, después de comer, con el cuerpo cansado, rodeado de desconocidos que por un momento parecen entender exactamente lo mismo que tú. La música en directo tiene algo de milagro pequeño: ocurre, se acaba y solo queda lo que cada uno se lleva puesto.
Los abonos para esta 29ª edición saldrán a la venta el viernes 5 de diciembre a las 12:00 horas. Los primeros bonos generales tendrán un precio de 78 euros más gastos de gestión, mientras que los VIP partirán desde 130 euros más gastos. La zona de acampada estará ubicada en el Parque del General Gutiérrez, con mejoras en el espacio y un precio de 22 euros más gastos para todos los días del festival.
Solo habrá 20.000 abonos disponibles. Y ese dato, que podría parecer una simple cifra comercial, funciona casi como advertencia. Porque Sonorama lleva años demostrando que la gente no compra solo una entrada: compra una posibilidad. La posibilidad de volver a Aranda. De descubrir una banda. De cantar una canción que ya creía superada. De reencontrarse con alguien. De perder la voz. De volver a casa con la sensación de haber vivido algo que, contado en frío, siempre parece menos de lo que fue.
Quizá por eso Sonorama Ribera sigue ocupando un lugar tan particular en el mapa festivalero español. No es el más gigantesco, ni falta que le hace. No necesita parecerse a nadie. Su grandeza está en otra parte: en haber entendido que un festival no se mide únicamente por los nombres que imprime en un cartel, sino por las historias que provoca después.
En agosto de 2026, Aranda volverá a encenderse. Y cuando eso ocurra, habrá quien vaya por Leiva, quien vaya por Love of Lesbian, quien vaya por Rigoberta, por La M.O.D.A., por descubrir a alguien o por volver sin saber muy bien a qué. Pero, al final, todos acabarán buscando lo mismo: esa clase de canción que no solo se escucha, sino que se vive.
Sonorama Ribera no ha anunciado simplemente un cartel. Ha vuelto a lanzar una invitación. Y hay invitaciones que, si uno las deja pasar, luego pesan todo el verano.







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