El 6 de marzo, la Plaza de Toros de Alicante volvió a latir al ritmo del rock. Tres años después de su última gira, Fito & Fitipaldis regresaron a la carretera con el “Aullidos Tour”, una gira que no solo celebra una trayectoria de más de dos décadas, sino que también presenta su nuevo trabajo, El monte de los aullidos (2025).
A las nueve en punto de la noche, las luces se apagaron y los aplausos del público llenaron la plaza. Entonces todo ocurre rápido, como un beso en un portal Antes de que cuente diez. A ratos, Fito parece cantar A contraluz, como ese dragón que llora siempre a su princesa. A quemarropa, recordándonos lo grande que puede llegar a ser el corazón cuando una canción encuentra a quien la escucha.
Acabo de llegar, Fito recuerda que su historia ha sido, en el fondo, la de alguien que ha pasado la vida persiguiendo melodías para regalarlas después al público convertidas en canciones; canciones que, con el tiempo, terminarían siendo himnos compartidos. Fito y los Fitipaldis siguen siendo una de las bandas más sólidas del rock español.
Y canción tras canción interpretada, quedaron marcas, y dejaron huellas y nos preocupa si Volverá el espanto, pero incluso entonceshasta Los cuervos se lo pasan bien, porque con Fitosiempre queda espacio para la ironía y la celebración, mientras la noche del concierto se adentra en ese territorio donde habitan las nuevas canciones de El monte de los aullidos.
Porque las canciones de Fito & Fitipaldis viven precisamente ahí: en ese lugar incómodo donde uno se encuentra Entre la espada y la pared, bajo un Cielo hermético lleno de rock and roll. Y aunque algunas melodías parezcan luminosas, como ocurre en Cada vez cadáver, basta escuchar con atención para descubrir el veneno y los colmillos escondidos en sus versos.
Fito Cabrales está rodeado de una banda que es pura fuerza y alma. Junto a él, Carlos Raya dibuja con la guitarra el carácter eléctrico del directo; Javier Alzola, al saxo, aporta la elegancia de los vientos; Alejandro «Boli» Climent sostiene el pulso desde el bajo y Coki Giménez marca el ritmo de la batería con precisión y energía. Los Fitipaldis demostraron una vez más que son una banda cohesionada que convierte cada concierto en una demostración de oficio y conexión con el público, donde cada instrumento encuentra su espacio.
Perdido Entre dos mares, uno entiende que podría pasarse la vida entera escuchando a Fito. Su voz potente, la energía inagotable que despliega noche tras noche, ciudad tras ciudad, y esa sonrisa constante que regala al público sin descanso recuerdan por qué su talento, por qué Fito, nunca ha necesitado artificios para escribir canciones; lo suyo siempre ha sido algo más sencillo y más difícil a la vez: contar la vida como quien conversa con ella mientras afina la guitarra.
De ahí nacen temas que suenan a rock con polvo en las botas, a rhythm & blues de madrugada y a relatos verosímiles que podrían ocurrir en cualquier esquina. Canciones que hablan de amores torcidos, de segundas oportunidades y de esa extraña mezcla de nostalgia y carretera que siempre ha definido el universo de Fito.
Y cuando finalmente llega la última canción, la sensación es clara: quizá no exista La noche más perfecta, pero esta se le parece bastante. La plaza canta al unísono La casa por el tejado, perdiendo el miedo a quedar como como idiotas y empezando, una vez más, la historia desde el principio.
En el escenario, Fito camina despacito, ya lo decía Soldadito marinero, porque las prisas nunca han sido buenas cuando se trata de contar la vida en canciones. Cuando miles de voces cantan al unísono Por la boca vive el pez, uno entiende que el rock cuando es honesto no envejece: se convierte en memoria colectiva.
Durante más de dos horas, Fito y los suyos recorrieron su historia canción a canción. Cuando terminó el concierto, quedó claro que Fito había vuelto a hacer lo que mejor sabe: convertir a todo un público en coro. Y en Alicante, esa noche, nadie quiso dejar de cantar.

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