Casi diez años después de despedirse de los escenarios, La Gossa Sorda regresó el pasado 6 de junio a Alicante dentro del ciclo de conciertos de El Muelle. La cita reunió en la Zona Volvo del puerto a un público multitudinario, dispuesto a celebrar el retorno de una de las bandas más queridas e influyentes de la música en valenciano. Durante más de dos horas de concierto, el recinto se convirtió en algo más que un escenario frente al mar: fue un punto de encuentro para varias generaciones, una celebración colectiva y la constatación de que algunas canciones siguen vivas mucho tiempo después de haber sido escritas.
La jornada comenzó mucho antes de que aparecieran los protagonistas. Mawela fue el encargado de abrir el escenario, demostrando que la escena musical valenciana sigue generando nuevas bandas dispuestas a recoger el testigo de quienes abrieron camino años atrás.
También hubo espacio para intervenciones de colectivos sindicales y representantes sociales que utilizaron el escenario para hablar de educación, vivienda y territorio, convirtiendo el recinto en una especie de plaza pública temporal antes incluso de que arrancara el concierto principal.
Quizá por eso, cuando las luces cambiaron y comenzaron a sonar los primeros acordes de La Gossa Sorda, el recibimiento tuvo algo de desahogo colectivo. Los de Pego, inmersos en su gira «A Tornallom», regresaron a la capital alicantina con todo lo que históricamente ha acompañado a su trayectoria: la reivindicación cultural, el compromiso social y una manera de entender la música vinculada al territorio y a la lengua propia.
La reconocible pieza de un caballo de ajedrez con cabeza de perro, inseparable del imaginario visual de La Gossa Sorda, acompañaba una puesta en escena donde también reapareció el universo sonoro que convirtió al grupo en una referencia de la música en valenciano: guitarras afiladas, bajos profundos, percusiones aceleradas y una potente sección de vientos donde trompetas y trombones siguen funcionando como detonadores emocionales capaces de convertir cualquier estribillo en un pequeño estallido colectivo. Entre toda esa energía también encontraron su espacio las sonoridades más arraigadas al imaginario valenciano, con la dolçaina aportando identidad propia a un directo donde ska, rock, reggae y tradición volvieron a encontrarse con total naturalidad.
Durante dos horas y media prácticamente no hubo tregua. Los primeros temas bastaron para activar algo que llevaba demasiado tiempo esperando. Pogos, saltos, abrazos y generaciones distintas compartiendo letras que muchos aprendieron hace quince o veinte años. Porque aquello no era únicamente nostalgia.
La Gossa Sorda aprovechó el concierto para recorrer prácticamente toda su trayectoria, rescatando canciones de distintas etapas de su identitario mestizaje musical. Entre Ovidis i Tereses, temas como Farem saó, La nostra sort, Aire o Ball de rojos fueron apareciendo a lo largo de una noche construida como un viaje por la historia de la banda.
Pronto llegaron más himnos inevitables como Cassalla Paradise o Quina calitja. Las trompetas atravesaban el recinto mientras la primera fila se convertía en una masa compacta de gente saltando sin demasiado orden, pero con absoluta precisión emocional. La descarga continuó con Senyor Pirotècnic, confirmando que el repertorio de La Gossa Sorda sigue conservando intacta su capacidad para emocionar y movilizar.
En el tramo final sonaron Camals mullats, Esbarzers y A Tornallom, antes de un bis en el que regresaron al escenario para cerrar con La Polseguera y Entre Canuts, mientras el muelle entero se convertía en una única voz.
En ese sentido, la propia configuración del evento resultó significativa. La entrada gratuita para menores de siete años permitió ver una imagen poco habitual en muchos conciertos: familias enteras compartiendo espacio frente al escenario, niños sobre hombros y varias generaciones cantando juntas canciones en valenciano. Una fotografía que hablaba de relevo, de transmisión cultural y de la importancia de seguir generando espacios donde la lengua tenga presencia natural sobre los escenarios.
La noche también dejó espacio para más reencuentros musicales. La aparición de Pablo Sánchez, vocalista de La Raíz y Ciudad Jara, fue uno de los momentos más celebrados del concierto. Junto a él también se sumaron amigos y compañeros de camino procedentes de bandas tan emblemáticas como Aspencat y Auxili, nombres fundamentales para entender la evolución de la música en valenciano durante las últimas dos décadas.
Lejos de sentirse como colaboraciones aisladas, aquellas apariciones funcionaron como una celebración colectiva de toda una escena musical. Por momentos, la sensación era que sobre el escenario no solo había regresado La Gossa Sorda, sino también una parte importante de la historia reciente de la música valenciana.



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