Hay festivales que consiguen alterar el ritmo de una ciudad entera. Spring Festival volvió a demostrar este fin de semana que Alicante pertenece a esa categoría. La edición de 2026 celebrada los días 29 y 30 de mayo confirmó además algo especialmente relevante en tiempos de macrofestivales y agendas imposibles: aquí escuchar música seguía siendo el centro de todo. La ausencia de solapamientos permitió vivir los conciertos completos, eliminando carreras constantes entre escenarios y devolviendo al público algo cada vez menos habitual: la posibilidad de permanecer.
Durante dos jornadas, Multiespacio Rabasa dejó de ser únicamente un recinto para convertirse en una pequeña ciudad paralela construida alrededor de guitarras, canciones, reencuentros, colas frente a las barras, conversaciones interminables y decenas de miles de personas compartiendo el mismo impulso colectivo. Más de 47.000 asistentes durante todo el fin de semana, la mayor cifra en la historia del festival, terminaron de confirmar algo que Alicante lleva años construyendo: su consolidación definitiva dentro del circuito nacional de festivales.
Y Alicante hizo también su parte. El buen tiempo acompañó durante todo el fin de semana y los atardeceres sobre Rabasa terminaron funcionando como un elemento más del espectáculo. Esa luz de finales de mayo, suspendida entre un calor todavía amable y la llegada inminente del verano, terminó de construir la atmósfera perfecta para el arranque festivalero.
La primera jornada estuvo atravesada por guitarras. Por muchas guitarras.
Carolina Durante volvió a demostrar por qué se ha convertido en uno de los fenómenos más determinantes del rock alternativo nacional contemporáneo: riffs afilados, intensidad permanente y canciones generacionales. Su actuación confirmó que pocas bandas actuales entienden tan bien el equilibrio entre ruido, urgencia y conexión emocional con el público, acompañados además por una puesta en escena de cine. La banda madrileña transformó Rabasa en una extraña oficina grunge: archivadores, escritorios, ordenadores antiguos y luces frías acompañando un enérgico directo empeñado en destruir cualquier rastro de rutina.
Siloé respondió a las expectativas desplegando uno de esos directos expansivos y cercanos. Bajo la característica cruz roja iluminando el escenario, entre humo, atmósferas envolventes y una estética casi litúrgica heredada de Santa Trinidad, la banda vallisoletana volvió a construir ese universo propio donde todo parecía responder a una misma idea: que merezca la pena.
Ginebras volvió a demostrar la naturalidad con la que transita entre la inmediatez pop y una energía cada vez más orientada hacia el rock, presentando además las canciones de su nuevo álbum, Donde nada es para tanto.
Sexy Zebras elevó la intensidad de Alicante a golpe de electricidad y músculo sonoro con su último álbum, Bravo. Mientras entre el público se multiplicaban estampados, camisetas y prendas de cebra como parte natural del paisaje frente al escenario.
Uno de los momentos diferenciales del festival llegó con Temples. Los británicos aportaron la dimensión internacional del cartel y ampliaron las coordenadas musicales del fin de semana con una propuesta hipnótica y profundamente envolvente, construida a partir de largas capas instrumentales, sintetizadores envolventes y guitarras expansivas.
Xoel López aportó otra velocidad emocional. Su repertorio volvió a funcionar como refugio dentro de la intensidad festivalera, reafirmando por qué continúa siendo una de las figuras autorales imprescindibles para entender las últimas décadas del pop independiente en español. Autor, compositor y letrista de una sensibilidad poco discutible, llegó además acompañado de Caldo Espírito, su decimosexto álbum, un trabajo que continúa expandiendo ese universo íntimo, evocador y profundamente humano que atraviesa buena parte de su trayectoria.
La primera jornada todavía reservó espacio para otros registros. Natalia Lacunza aportó sensibilidad pop contemporánea, Paula Mattheus confirmó el crecimiento de una de las voces emergentes de la canción de autor nacional, mientras Ladilla Rusa terminó de demostrar que el festival también tenía reservado espacio para el desenfado, el baile y la celebración colectiva.
La segunda jornada mantuvo intacta la intensidad.
Love of Lesbian regresó a Alicante en una de las últimas fechas de una gira especialmente significativa dentro de sus 25 años de trayectoria. La banda liderada por Santi Balmes repasó canciones que han acompañado a varias generaciones, convirtiendo temas como «Club de fans de John Boy», «Sesenta memorias perdidas» o «Ejército de Salvación» en un ejercicio de nostalgia, memoria compartida y miles de voces cantando al unísono. Su anunciado largo «hasta pronto» tras la gira, otorgó además a su paso por Rabasa un inevitable carácter simbólico, transformando el concierto en uno de los momentos emocionalmente más reconocibles del festival.
Los burgaleses de La M.O.D.A. regresaban al circuito festivalero tras encadenar varias noches consecutivas con entradas agotadas en La Riviera, todavía inmersos en la gira de presentación de San Felices, publicado a finales de 2025. Himnos como «Vasos Vacíos», «Héroes del Sábado» o «1932» reafirmaron esa capacidad tan particular de la banda para transformar el folk rock en una auténtica orquesta popular.
Ultraligera confirmó sobre el escenario el extraordinario momento que atraviesa la banda, demostrando por qué se ha convertido en uno de los nombres propios de la nueva escena nacional. Presentaron nuevas canciones que dejan entrever una evolución hacia territorios más oscuros, en un concierto que no dejó indiferente a nadie y donde tampoco faltó la improvisación: caminar entre el público o terminar subidos al palco de Polo Club formó parte natural del espectáculo.
Con un sonido festivo y profundamente identitario, Sanguijuelas del Guadiana volvieron a demostrar cómo tradición y contemporaneidad pueden convivir sobre el mismo escenario, acompañados además por esa reconocible escenografía inspirada en la cochera, la vida de pueblo y el imaginario de su Extremadura natal.
Dorian apareció en plena madurez artística, mientras Hens, Malmö 040, Marina Reche y Neoverbeneo terminaron de construir una segunda jornada donde el público respondió masivamente desde la apertura de puertas hasta el cierre definitivo del festival.
Pero un festival también se explica fuera de los escenarios. Entre concierto y concierto, el Spring Festival funcionó como un espacio pensado para compartir: zonas gastronómicas con actividad constante, áreas de descanso convertidas en puntos de encuentro, futbolines ocupados durante horas, nuevas zonas premium junto al escenario principal y espacios donde el tiempo entre conciertos dejaba de sentirse como espera para convertirse también en experiencia. La terraza y barra de Petroni, así como el espacio Ballantine’s y su zona superior convertida prácticamente en una discoteca, fueron algunos de los puntos con mayor movimiento durante toda la celebración.
Y quizá ahí reside la explicación definitiva del crecimiento de Spring Festival. No únicamente en las cifras récord, en el impacto turístico o en la capacidad para atraer público desde distintos puntos del país. También en algo más difícil de medir: su capacidad para convertir durante unos días a Alicante en una comunidad articulada alrededor de la música.
Fotos: @jameslomaxphoto




















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