Expectación, nervios, lágrimas… tras nueve largos y duros años, Linkin Park regresaba el pasado martes a Madrid para dar el primero de sus dos conciertos en la capital. Una nueva voz después de la trágica pérdida de Chester Bennington, nueva música fresca, la emoción por volver a ver a una de esas bandas que ha marcado a una generación, el reclamo de la nostalgia… la noche prometía. Y sin embargo, la sensación fue algo agridulce…
¿La disposición y la entrega de la banda? Admirable. ¿Todo lo demás? Bastante insuficiente para un grupo de su envergadura, al que se le presupone un presupuesto prácticamente ilimitado para hacer y deshacer y una producción que debería estar cuidada al detalle. No ayudó la elección del recinto, el Auditorio Miguel Ríos de Rivas-Vaciamadrid, su pésima acústica, la ola de calor que causó más de un desmayo entre el público o la disposición de la pista, con poca visibilidad, saturada de gente hasta arriba y dividida hasta en cuatro secciones, que empañaron algo lo que para muchos era el concierto más esperado del año.
Fue estupendo volver a ver a Mike Shinoda y compañía disfrutando encima de un escenario, poder admirar la valentía y el ‘girl power’ de Emily Armstrong –que se atreve con todo, hasta a tocar la batería–, y volver a oír himnos generacionales (como Somewhere I Belong, Numb, In The End, One Step Closer o Breaking the Habit), aunque a muchos de nosotros, todo esto se nos quedó un poco corto.
Corto porque el sonido fue deficiente (durante la primera parte del concierto apenas se podía escuchar la voz de Emily, opacada bajo un sonido demasiado disperso, que incluso hizo que el público reclamara alguna solución), corto porque apenas hubo interacción y contacto con el público (a excepción de un momento adorable en el que Mike regaló una gorra a un niño de la primera fila) y corto porque a muchos nos faltó cierta conexión con la banda, que parecía, a ratos, actuar en piloto automático. Quienes hemos sido lo suficientemente afortunados de ver a Chester Bennington y todo lo que transmitía en directo sabemos que la diferencia es abismal.
A pesar de todo, sería muy injusto vivir recordando el pasado y decir que fue un mal concierto: al contrario, fue una noche memorable. La banda dio un auténtico recital durante dos largas horas, con temazos que a más de uno emocionaron y con unos ‘visuals’ muy originales, que acompañaban perfectamente el tono de cada tema. Fue excepcional escuchar canciones como la poderosa ‘Lost in the echo’ o la épica ‘The Catalyst’, fue maravilloso ver a tantas generaciones (desde niños a gente mayor) reunidas en el mismo lugar para disfrutar del mismo grupo y sobre todo, fue reconfortante saber que la banda, como bien dice su canción ‘Waiting For The End’, ha sido capaz de empezar y levantarse de nuevo después de unos años tan difíciles para ellos.
¿Una única reflexión a la salida del ‘show’? La pregunta de cuanto tirón tiene la nostalgia, y hasta qué punto esta puede servir como vehículo y reclamo para una banda que para muchos, ya no es lo mismo ni volverá a serlo. Algo que no es necesariamente malo, por otro lado. Simplemente, es diferente. Así es la vida.
Fotos: @jameslomaxphoto
































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