El Canela Party 2026 se va a recordar por ser un tremendo oasis de distorsión y buen rollo donde el único chaparrón fue de cerveza y confeti. Cero postureo, cero zonas VIP exclusivas y cien por cien tralla. Con el recinto ferial a reventar (pero seguimos estando cómodos viendo cualquier concierto), el Canela sigue siendo esa rareza milagrosa donde vas a dejarte las lumbares y sales con una sonrisa de oreja a oreja.
Jueves 27 de agosto
Llegamos con la gente ya agolpada en el recinto. Entramos listos para que las rodillas fueran pillando el ritmo directamente con Man/Woman/Chainsaw, que sirvieron de calentamiento perfecto antes de que nos volaran la cabeza de verdad. Y es que el primer cable cruzado de la tarde nos lo regaló Geordie Greep. El ex-Black Midi montó un teatro esquizofrénico de math-rock, jazz y ruido que nos dejó a todos con la mente del revés; su directo es tan marciano que no sabías si meterte al pogo o sacar una libreta para tomar apuntes.

Por suerte, Melody’s Echo Chamber nos bajó las pulsaciones con un bálsamo de dream-pop psicodélico brutal, aunque la calma duró poco, porque Basement salieron a escupir nostalgia emo-punk a paladas, sonando a ese 2012 de flequillos y Vans destrozadas. La gran sorpresa de la noche vino de la mano de Friko.
Los de Chicago salieron a comerse el escenario y nos regalaron un recital de rock alternativo desgarrador y súper honesto. De ahí pasamos al contraste más salvaje de la velada: el saxo desquiciado y el post-punk agónico de Maruja empalmaron directamente con la brutalidad hardcore de Speed, que desataron una lluvia de patadas voladoras en un pit que daba impresión. Baiuca cerró de madrugada, convirtiendo el recinto en una rave gallega a base de electrónica y muiñeiras que remató a los pocos que aún seguían en pie.
Viernes 28 de agosto
Con las piernas pidiendo clemencia, decidimos ir un poco a nuestro ritmo. Llegamos tempranito para ver a Fuet! soltar sus primeros guitarrazos de la tarde, que vinieron genial para ir entrando en calor. La jornada fue avanzando y nos plantamos de vuelta en el foso justo cuando Mannequin Pussy tomaba el control del escenario. Missy Dabice tiene una garganta que es patrimonio de la humanidad, y su mezcla de punk rabioso y melodías indie pop fue una sacudida instantánea; pasaban del susurro al grito en cero coma.

La noche siguió subiendo pulsaciones con High Vis. Lo de esta gente es increíble: cogen la agresividad del hardcore punk y le meten unas melodías que huelen a pub británico, logrando que medio festival cantara a pleno pulmón con los puños en alto. Inmediatamente después le tocó el turno a La Paloma, que confirmaron por qué son los reyes del noise-pop patrio actual. Sonaron gigantes y los vuelos sobre el público no dieron tregua ni un solo segundo. Para bajar un poco esa locura de empujones, Rufus T. Firefly envolvieron Torremolinos en su manta de psicodelia hiperperfeccionista y milimétrica, un muro de sonido pulcro y súper necesario antes del último tirón. Enterramos la jornada rozando las cuatro de la mañana con el punk macarra de Mala Gestión y el trance kraut-industrial de Maquina., que nos exprimió hasta la última gota de sudor.
Sábado 29 de agosto
El sábado en el Canela es territorio sagrado: el día de los disfraces. Un carnaval lisérgico donde lo normal era ver a un T-Rex hinchable liándose a empujones en el foso con tres monjas y un paquete de chopped gigante. Musicalmente, la tarde fue un asalto punk ininterrumpido a cargo de Amor Líquido, Joseluis y Karen Dió, pero quienes de verdad reventaron el termómetro fueron Sandré. Su cantante es un torbellino desquiciado que se tiró al público enseguida, gritando sus letras irónicas mientras hordas de los disfraces más locos chocaban amistosamente en las primeras filas

Con la noche ya cerrada, Wavves trajeron su surf-punk de californianos, muy gamberro, antes de que Nation of Language pusieran el contrapunto elegante de la velada disfrazados de magos. Ver a miles de personas disfrazadas bailando su synth-pop melancólico con lagrimita incluida fue magia pura.

Pero la locura colectiva volvió al límite con Carolina Durante, que arrasaron con un setlist que ya es historia del indie español, seguidos por un volantazo loquísimo de Deafheaven. Su mezcla de black metal y shoegaze destructivo nos encogió el pecho de lo salvaje que sonó. El festival fue muriendo de la mano del garaje rabioso de Upchuck y el post-punk de Chalk, para terminar echando el candado definitivo con Cervatana entre una tormenta de confeti y disfraces hechos jirones. Eso es el Canela Party: te destrozan a guitarrazos, te ríes hasta llorar viendo a la peña, y el domingo te levantas queriendo comprar el abono del año siguiente.
Fotografías: Jose A. Albertos






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